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Un secreto a voces, un grito ahogado

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En algún momento incierto de la historia, ocurrió algo que abrió la puerta de la violencia; desde entonces las mujeres callaron, se enfrentaron, se distanciaron y se aislaron, refugiándose cada una de ellas en el silencio de esa oscura experiencia, que por mantener enterrada emanaba hedor. Las mujeres olvidaron su dulzura, afanándose en tareas, haciéndose las duras, las fuertes, las que sostienen, protegen… las que se ocupan y lo hacen todo; y desplazaron a los hombres. Aquel acontecimiento que les perseguía en sus vidas había sembrado agresividad, violencia y miedo. Y desde entonces, las mujeres y los hombres, en las siguientes generaciones, estaban separados, divididos; se relacionaban con el peso de aquel suceso… que lo que estaba pidiendo a gritos es Reconciliación.

 

Mujeres…

Mujeres de la historia, mujeres del tiempo, mujeres que atraviesan un espacio, y sin saberlo, vuelven a encontrarse para darse otra oportunidad, para darse la mano.

Mujeres que han callado, que se han mirado a la cara cabizbajas, guardando secretos, mujeres que han cerrado las puertas de sus casas para llorar en silencio, para desahogar ese nudo en la garganta que les asfixia, para darse cuenta de que en sus alcobas viven junto al engaño. Y miran a ese hombre, que tiene por nombre marido, y se dan cuenta de que no le aman, de que es una mujer infeliz, atrapada en un mundo gris de recuerdos del que, piensa, no puede salir.

Ese no era el plan, eso no era lo que había soñado… y la autoestima, la rabia, la agresividad y la culpa se quedan dormidas por un tiempo.  Miran a ese hombre y no le conocen, y tampoco saben por qué siguen junto a él. Se sienten ausentes de esa vida que quería ser compartida, y se han puesto una coraza en el corazón porque duele sentir, porque pesa mucho la ausencia de esa mujer que confió y se quedó congelada en el tiempo.

Las mujeres se cruzan y saben de este vacío que se ha hecho hondo muy poco a poco, de este pozo de silencios donde hay una gran emoción que huele a pesadumbre y hastío, a rabia, cansancio y soledad. Y por no sentir el pesar tan hondo se acostumbraron a la rutina, cargándose de deberes y quehaceres. Así se amortigua el dolor y ya no queda tiempo para decisiones o actuaciones, para sentir.

A veces se miran unas a otras, sin decir, sin compartir, envidiando la vida ajena, mirando desde abajo o desde arriba lo de fuera como el mejor paisaje, y no dicen y no comparten su propia historia, no se encuentran. Recelos, violencia, envidias, retiradas, luchas de poder, secretos de alcoba, enfrentamientos… ausencias, soledad…

Las miradas de las mujeres se cruzan, y sienten que quieren hablar pero no se atreven a escuchar su propia voz. Cuesta hablar de lo que duele, cuesta decidirse soltar el drama y tomar otro camino. La rutina de callar se apelmaza en la garganta que de puro miedo se cierra. Y mientras sigue cerrada, el corazón palpita sintiendo punzadas de culpabilidad.

La vida dejó de tener sentido aunque está llena de ocupaciones. Se fue la pasión, la ilusión, la confianza, el amor… Se fue la posibilidad de tener un hogar…  La mujer no está en paz, está fuera aunque se encuentre dentro, con miedo a salir, con sentimientos de derrota, de inutilidad, de que no hay nada que hacer, y aguanta lo que no quiere. Se ha acostumbrado a sobrevivir mendigando, pidiendo limosnas de afecto y reconocimiento.

Se ocupa una casa llena de mentiras y ficciones, de fingir estar bien cuando la comunicación dejó de existir casi desde el principio.

Mujeres…

Y hay madres, hijas, tías, abuelas, amigas, vecinas, conocidas… y los secretos siguen perviviendo, esperando a que esa voz, dulce, quiera hablar desde el corazón…

Hombres…

Los hombres están al lado, dedicados a otro mundo, el de las obligaciones y deberes que requiere el ser macho, el que trae el alimento, el que sostiene y protege. Y vive fuera para llevar dentro, aunque este dentro sea la excusa de estar fuera.

El hombre no mira a la mujer, ignora su presencia, porque ella tampoco se ve ni se escucha. Tiene ganas de vida y no se da cuenta de lo que tiene, de quien tiene al lado. Le gusta la aventura y la busca fuera, cayendo en escenarios de infidelidades que vuelven a homenajear el mundo de los secretos. Y ellos también los callan pero se les olvida. Llegan a casa y está todo puesto y dispuesto, en orden… y el orden no está ordenado, es una máscara, el cofre de los grandes secretos ahogados, aprisionados en las paredes que se vuelven frías, gélidas.

Y las mujeres y los hombres siguen así por tiempos y generaciones, “estando fuera” y de espaldas, sin mirarse de frente y a los ojos, sin reconciliarse, sin reconocerse, sin verse, sin conocerse, sin atenderse… sin Ver que son lo mismo.

Y las mujeres quieren darse la mano,  y dar la mano a los hombres y caminar juntos, dejar caer las ramas secas de la incomunicación, que empieza con uno mismo. Porque es así como comienzan los enredos de un teatro que está lleno de caretas, de interpretaciones y de hilos conductores de una misma historia que busca la reconciliación con uno mismo; no se sabe cuándo, pero en algún momento cada uno dejó de escucharse, dejó de ser él mismo, cada uno de ellos se olvidó de su cuerpo y de su propia presencia, de su propia voz, de su propia identidad.

Sólo es necesario darse la vuelta y encontrarse… desde el corazón, desde el Amor. Dejar de buscar fuera y estar dentro, sentirse uno mismo, actuar desde los propios cimientos. Curar la voluntad de ser yo mismo, sin miedos, sin dudas, sin culpas…

 Y lo curioso es que este secreto a voces no es ni más ni menos la confirmación de que aun viajando en este mismo planeta, nos seguimos dando la espalda sin querer reconocer nuestros propios errores y aciertos, y ni mucho menos los aciertos de los demás. ¿Dónde se ha quedado el agradecimiento? Existe miedo a dar el salto al acto de despertar en la conciencia de que hombres y mujeres somos complementarios y compañeros de viaje.

Existen otras maneras de relacionarnos cuando la madurez y la conciencia individual se han desarrollado. El reto es el mismo para hombres y mujeres. Da igual en qué parte estés, si eres el que aguantas, el sumiso, la víctima… o el que agrede o abusa; el conflicto se sostiene porque hay participación y alimentación por ambas partes, y puede dar la vuelta de un momento a otro y mostrarse de tantas maneras como creencias y apegos tenga uno mismo. Las caretas dan vueltas y cambian de posiciones mientras se sigue en la contienda.  El conflicto se mantiene mientras cada uno de ellos niega su responsabilidad. En realidad, ninguno se ama, y cada uno de ellos, desde una posición o tendencia aparentemente distinta, colabora en la división, en protegerse dentro de un estado de aferramiento al drama emocional, buscando que te den otros lo que tú mismo no te das: aceptación, aprobación, respeto, reconocimiento, ternura, AMOR… En realidad, no se dan cuenta de que, ambos, están fuera y no dentro… porque no creen, no confían ni quieren darse una oportunidad. Uno mismo se destierra y cae en la ignorancia de no querer escucharse ni hacerse cargo de sí mismo.

No es una cuestión de género sino de conciencia.  Empieza a AMARTE y verás lo que ocurre…  Empieza a Comunicar- te y verás qué ocurre. Entonces es cuando somos capaces de Vernos y de Ver desde el Respeto y la Confianza. Me dejo ser quien soy, me acepto y dejo que el otro sea y se manifieste como es. Los círculos repetitivos dramáticos desaparecen y emergen nuevas formas de interactuar y comunicarse, con nosotros mismos, con los demás, con todo lo que nos rodea.

Empieza a Amarte y verás lo que ocurre…

 Beatriz.  

Tus ojos te están mirando

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Siento que la Vida es un viaje de reencuentro con uno mismo, que las experiencias son vivencias que cambian de fondos y personajes para aprender a Amarme, a Amar, a reconocer mi conocimiento y sabiduría innatos, el Amor que soy. Y en este tiempo en el que se acaba de celebrar la fiesta cristiana de la Epifanía (Jesús se da a conocer, Manifestación de Cristo en la carne) me sugiere una lectura personal que me habla de esa epifanía como la Revelación o Transformación que surge en el reencuentro de uno mismo, en ese abrazarte de corazón, sabiendo que quién eres es una manifestación hermosa y singular, que siempre Está y Es, aunque juegues a viajar “vestido” de distintas formas en la brevedad y limitación del tiempo.

Pregúntate si miras la vida a través de tus ojos o son los ojos de otros los que miran por ti… Tal vez sea ésta la ofrenda de tu viaje:  ABRIR TUS PROPIOS OJOS.

¿Dónde se fija tu mirada? Dentro, fuera… delante, detrás… arriba, abajo… ¿qué busco cuando miro?, ¿de qué manera observo?

Pregúntate si sientes a través de tus manos o, quizás, los dedos que mueves cada día se abren y cierran porque sí, date cuenta si cogen o acogen. ¿Qué hacen tus manos?

Pregúntate si saboreas con gusto lo que pruebas de las experiencias, de tus vivencias cotidianas; ¿de qué forma decides estar…?

¿Y tú? ¿Te mimas, te alegras de verte cuando te miras al espejo?, ¿te incomodas, te gusta lo que ves? ¿Puedes observarte, acariciarte, ser consciente de tus células, tus órganos? Están ahí todos los días, contigo, desde que naciste, haciendo su trabajo sin hacer ruido, sin que te des cuenta… cuidándote, conteniendo vida en cada segundo; ¿de qué y cómo te alimentas para mantenerte vital? Alimentos, emociones, actitudes… ¿de qué llenas a tus células? ¿Las nutres con lo que les sienta bien?

¿Qué dice tu cuerpo?, ¿qué ocurre si te miras desnudo frente al espejo?, ¿qué ves?, ¿a quién ves?, ¿cómo te sientes? ¿Puedes mirarte fijamente a los ojos y sostener tu propia mirada?, ¿sostenerte a ti mismo, contemplar tu desnudez y sonreírte, sostener lo que ves, abrazarte y sentirte?

Observa, obsérvate, siente. ¿Hay alguna parte de ti que se resiente, que está maltratada?, ¿qué te dice? Habla contigo, escúchate…

Pregúntate si hueles aromas agradables, si te gustan esos olores que te envuelven a lo largo del día, si son perfumes que te hacen sonreír, que te relajan, te alegran… te hacen respirar profundamente.

Pregúntate y fíjate en tus pies, si tu calzado te hace andar a gusto, si vas cómodo, si tus pies caminan tranquilos o se quejan. ¿Les prestas atención a tus pies? Tal vez quieran ser masajeados, tomar un baño, ir hacia otro lado, estar calentitos… o tal vez sólo quieran descansar para coger otra dirección.

 Construir, tocar, integrar, crear, equilibrar, abrazar, cantar, unir, reír, sostener, respirar,  caminar, amar…

Desmenuzar,  gesticular, chillar, apuntar, imitar…

Apretar, desunir, manipular, invadir, detener, juzgar, pisotear, vaciar, violar, destruir…

Continuamente nuestro cuerpo es portador y emisor de emociones, creencias, ideas que circulan para ser expresados, y no silenciados. ¿Qué quieres expresar y cómo? Tú eres tu vehículo de comunicación. ¿Te comunicas contigo?, cómo… ¿y con los demás?

Estamos pasando tiempos revueltos, con la sensación, quizás, de ir a la deriva, de notar que el tiempo pasa muy rápido y que a la vez se detiene sin ocurrir nada, y de ver los gestos cansados de llevar la vida a cuestas, como un gran peso… y ¿qué pesos tan grandes se están sosteniendo que aun tambaleándose se resisten a dejar el control y soltar? Cuerpos que gritan ¡quiero disfrutar!  Y ¿qué es disfrutar?

Para mí, disfrutar es abrir tus propios ojos a lo que eres, a tu propio Ser, a quién eres, tus gustos, tus colores, tus sabores, tus olores… ¡Y nada ni nadie puede sentir eso por ti! Divertirte contigo mismo es disfrutar de tu propia Vida, la que revolotea dentro de ti y te sacude cuando no le haces caso.

¡Sacúdete de esquemas, de ideas limitantes, de juicios, de opiniones…! Sacúdete de todo eso y atrévete a vivir la vida a través de tus propios ojos.

¿Son tus ojos los que miran o son los ojos de otros los que miran por ti?

Beatriz.

El relato que a continuación os presento es muy ilustrativo de cómo las dolencias del cuerpo empiezan a ser enfermedades en el alma, que de tanto taparse acaba por expresarlas el cuerpo. Su autor, Carlos Las Heras

Lunas rotas, soles escondidos

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Tantos deseos acumulados son perjudiciales para la salud, tantas ganas atropelladas conducen a la disolución de los elementos, a la dispersión, al silencio, al olvido.

Estos deseos sin cumplir tienen un alto contenido en  lunas rotas y soles escondidos; eso afecta a la memoria, concretamente a la región cerebral de la esperanza que pierde vigor ante la desesperación y provoca un descenso de las endorfinas a la vez que reactiva una proteína asesina llamada impotencia, y ésta lleva al desasosiego crónico.

El exceso de ganas paralizadas produce un encogimiento muscular en la cara, los músculos encargados de la sonrisa se ponen duros y se pierde, por tanto, la oportunidad de iluminar con la sonrisa el alma de los demás; a veces, también  afecta a la capacidad del llanto con una progresiva pérdida de brillo en los ojos que, al retener sus fluidos, se estancan y corrompen, y nunca fueron buenas esas aguas….

Los pulmones, poco a poco dejan de recordar que “han de aspirar a algo” y las vías respiratorias se van obturando de “yo no puedos”.

La tensión se descompensa, la diastólica pierde “ganas” y la sistólica es conquistada por “yo no valgos”, produciendo al fin que el corazón se vuelva más y más sensible a las noches de lunas rotas y a los días de soles escondidos que, por momentos, invaden el pericardio y da lugar a que se reproduzcan unas bacterias llamadas “nada por lo que luchar”.

Tantos proyectos aparcados producen que el sistema inmunológico se debilite y que aparezcan enfermedades oportunistas, los T4 bajan de manera importante debido al exceso de “ayer” y la falta de “mañana”; entonces es cuando disminuye la absorción de vitaminas “yo no me rindo”.

Las arterias  acumulan el rocío de “todos los días igual”, la capacidad auditiva también se resiente porque uno no encuentra la información de cómo parar el proceso degenerativo, así que se formará un tapón alrededor que aísla al individuo y deshace un cartílago llamado: “por mi madre que salgo de ésta”, tan necesario en estos momentos.

El tracto digestivo retiene cualquier proceso liberador y sufre mucho por no poder disponer de “no hay mal que cien años dure”, por eso, los jugos gástricos se reducen a la mitad y se produce un empacho de tristeza al no poder digerir adecuadamente los “¿por qué me pasa a mí esto?”, o ciertas cantidades de “¿para qué me pasa esto a mí?”.

Fallan también los riñones que se resisten a filtrar la situación angustiosa porque la vejez prematura que estimula el virus “desesperanza” avanza.

El hígado, incapaz de metabolizar los enfados, colorea los ojos que, ávidos de alegría y de miradas amorosas, se van vidriando y, entonces, los “yo no sé”, “los yo no puedo” atacan al sistema endocrino y la tiroides padece de “ya no hay nada que hacer”….

… Lógicamente, ante todo esto, no hay más remedio que la intervención quirúrgica, instalar una sonda que canalice los recuerdos de las horas felices, las travesuras infantiles, las tardes de verano con la bicicleta, las aventuras en la mili, las horas íntimas en pareja, los amigos de la  juventud, etc… cosas que hagan contacto con las neuronas que tienden a evadirse de tanto morir en vida…

… porque si no se llega a tiempo, queda el cuerpo exhausto, la cabeza caída y el alma rendida, engañada como las lunas y los soles que se amontonan en los archivos de las posibilidades que no se supieron aprovechar.

Flotan las neuronas que parecen sentenciar su propio aislamiento llenándose de “si hubiera hecho esto en vez de aquello…!” y el cerebro se pone al ralentí, con la energía de reserva se separa del resto del cuerpo y así permanece en el éter.

Por eso, el ministerio de salud le recomienda no vivir, no sea que  algo de esto le ocurra alguna vez.

Carlos Las Heras

 <<escuchando “palabras para Julia” de Rosa León>>

…para aquellos que dominan el arte del humor aun cayéndose en pedazos