Desvelando la inocencia

 

 

niños

 

¿De cuántas formas hemos herido a nuestros corazones?

En el nombre de Dios, de dogmas y creencias religiosas, del amor, de la familia, de un ídolo, de la libertad, de la vida, de la patria…  de cuántas formas se ha alzado el puño y se ha tomado el testigo de la inocencia  disfrazándola con trajes y experiencias de dolor, de tragedias, de abusos, de víctimas y verdugos, de penitencias, de honores y reconocimientos, de salvaciones, de culpas, de castigos, de “hacer justicia”, de palos por las espaldas, de odio y violencia…

Y mi corazón me dice ahora que nunca hubo nada que salvar, ni que arreglar o sostener, nada que compensar, nada por lo que hacer justicia, y menos en nombre de nada ni de nadie; nada que hacer. Es la mirada del soberbio, del que aplasta porque sí, del que mira por encima y ni tan siquiera agradece la vida: tiene el corazón congelado.

Se ha vestido a la inocencia de codicia y orgullo, y se ha pasado de largo sin mirarla, sin escucharla. Jamás pidió que se la vistiera de otra cosa que no ES, y Es pura Vida, igual que tú, igual que el otro, igual que todo lo demás.

Mientras se disfraza a la inocencia el mismo juego se repite, el juego de las diferencias, de lo que es mejor, peor… y la inocencia no hace distinciones, no hace ajustes de cuentas, ni compensaciones… no rechaza, acepta e incluye porque ve la unidad. La inocencia recibe.

Sólo cuando se mira y se reconoce que somos iguales, los trajes se caen y el velo se aparta. El juego se ha terminado, algo nuevo florece.

Beatriz

para bea

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