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Unos nuevos zapatos

 

zapatitos

Luna es una niña de cinco años, presumida, coqueta. De ojos grandes y rebelde. Y es una niña que viene de París, pero esto no es un cuento sino que, en realidad, su acento es francés.

Hemos coincidido unos días en una pequeña aldea y una tarde que yo paseaba con mi cámara de fotos me encontré con Luna que me la pidió.  Al enseñarme después su reportaje fotográfico me llamaron la atención sus fotos claras y enfocadas, y allí estaban las gallinas de Mariano en primer plano, el revuelto de unos trozos de sandía y melón en el fondo de un cubo, y el mismo cubo vacío, una vez que ya se habían atiborrado las gallinas. También le había hecho fotos a su mamá, que tenía a su hermano Óscar en brazos, un bebé de pocos meses. Y pasando pasando…  vi la imagen de sus zapatos, unos lindos zapatitos rojos que me sacaron una sonrisa porque yo, como Luna, me miro de vez en cuando los zapatos y los fotografío. Y me fijé entonces en los míos, y pensé que ya era hora de cambiar de zapatos.

Los que he llevado por un tiempo me han servido para ver, para entender, para comprender, para aprender… y para decidir que ahora quiero llevar otros, tan lindos como los de Luna, que me trasportó en esa tarde al juego de  la naturalidad y la espontaneidad, un juego que se olvida fácilmente y cuando uno se da cuenta ni sabe que la tiene o dónde se perdió.

Aunque uno sea adulto, cultivar la naturalidad es todo un regalo que se hace uno mismo.

La otra tarde, que estaba de tormenta y yo ya andaba en la despedida de mi estancia, observé que entraba por la ventana de la cocina una intensa y cálida luz. Y me fui hacia la loma, para ver otro de los atardeceres en esta tierra, que en estos momentos se me antojaba distinto. Y según me iba acercando, no podía dejar de mirar el cielo en sus 360 º. Era una amplia gama de colores y tonos que cambiaban prácticamente a cada segundo. Sobre el pueblo caía una luz anaranjada, muy luminosa que parecía “dar claridad, nitidez”, y según iba girando mi vista aparecían unos azules intensos y profundos, los grises de allá, los rosas teñidos por cortinas ondulantes de blanco, donde todavía llovía… y unos naranjas azulados brillantes por donde se iba escondiendo el sol.

De repente, en mi absorción de esta espectacular escenografía, en la que sólo veía pureza, belleza… observé desde lo alto de la loma esa nave que se cruzó en mi mirada y lo que se veía del pueblo, el campanario y parte de algunas paredes y tejados,  y me parecieron una pegatina, un “postizo de chismes y enredos viejos” en medio de tal eclosión natural. Y me acordé otra vez de la frescura que sentí en esos zapatos de Luna, y una vez más, me di cuenta de lo mucho que nos perdemos… Tal vez, nos perdemos lo mejor, lo que surge, sin más… El cielo, esa tarde, también me lo recordó. En el cielo lo que Ves, Es.

Beatriz.